jueves, 3 de diciembre de 2020

Marte - Capítulo 4

El convenio era bueno para las dos partes. Ambas obtenían ventajas, sin embargo, para los marcianos el cumplimiento del tratado no suponía ningún sacrificio, puesto que la zona entregada en explotación, efectivamente era rica en minerales, pero hasta ella no había llegado la repoblación y por tanto su explotación no conllevaría un gran impacto medioambiental. Además uno de los principales problemas con los que se enfrentaba Marte era la falta de población, que era indispensable para avanzar en la reforestación. La explotación minera del Mando sí bien directamente no contribuiría en exceso a la reforestación, indirectamente ayudaría trayendo mano de obra y ganaste prosperar en una nueva frontera.

Respecto a la posibilidad de federarse con la Tierra era tan remota que los negociadores no les importó incorporarla, a sabiendas de que pasados los 25 años no sería ni siquiera tomar en consideración.

La Tierra comenzó inmediatamente los preparativos para iniciar la explotación minera. La zona cedida se encontraba en las antípodas de Aréspolis. Este fue el nombre que los marcianos pusieron a su hasta entonces único en clave. Todos vivían allí incluidos los agricultores. Al principio porque el aire respirable sólo podía encontrarse allí, y más tarde por razones de comodidad. Los agricultores rara vez pasaban más de una semana en los campos, al cabo de la cuál eran reemplazados por otra cuadrilla. Estos se alojaban en una especie de barracones prefabricados que en la ciudad fueron desechados por inútiles ya que todos vivían en habitaciones excavadas en la roca.

La Explo, es decir la explotación terrestre, cómo era conocida se instaló en una llanura que parecía no tener fin. Los marcianos pensaron que lo mejor era darles cuanto menos mejor y una forma de hacerlo era no darles montañas. Pero hubo otros marcianos que pensaban que lo más apropiado para sus intereses sería darle una de las zonas más inaccesibles del planeta, pero teniendo en cuenta los medios con los que contaban los terrestres hubiera sido una tontería ponerles dificultades fácilmente salvables. El caso es que la Tierra inicio la explotación abriendo una mina a cielo abierto de 50 km de radio. Inmediatamente los marcianos protestaron, alegando que aquello supondría en su planeta un agujero de tal magnitud que difícilmente podría ser rellenado alguna vez. El Mando no hizo caso de las quejas y gracias a ello hoy podemos disfrutar de uno de los lagos más hermosos de todo el sistema solar.

La vida en la Explo era lo más parecido que se pudiera encontrar a una vieja película del oeste. Los mineros trabajaban por turnos de 6 horas y descansaban tres días por cada cuatro de trabajo. Aunque ahora nos pueda parecer una ocupación ardua y desagradable, las condiciones en las que trabajaban, comparadas con las del siglo 19 eran excelentes.

Las excavadoras estaban totalmente automatizadas, operando conforme a un programa preestablecido. El control de cada una se llevaba desde el centro de operaciones, pero en realidad los mineros sólo tenían que verificar si el programa se desarrollaba conforme a lo previsto. En el Centro de Operaciones trabajaban un total de 15 operarios, aunque en realidad bastaba con que hubiesen dos: un técnico informático y un ingeniero de minas. El Mando pensó que sería conveniente trasladar mucha población para crear en Marte un asentamiento más o menos estable. La ciudad que acogió a toda esta gente y a más que fue llegando, se encontraba justo al borde del perímetro del área adjudicada a la tierra. Era por tanto una ciudad fronteriza en toda la extensión de la palabra. El Mando ni siquiera se molestó en darle un nombre, sencillamente se referían a ella como la ciudad de ahí arriba o más cariñosamente cómo aquella maldita ciudad.

Con la ayuda económica del Mando se trasladó allí a toda la gentuza que se pudo encontrar en la Tierra: asesinos a sueldo y sin él, rateros, hombres y mujeres de vida licenciosa, estafadores de baja estofa y un sinfín de personajillos de mala ralea. Con estos antecedentes solo hubo que esperar a que se abrieran salones de baile por dónde corría el alcohol y las drogas de diseño.

La gentuza acudía a ellos a cualquier hora. nunca cerraban y la bebida era prácticamente gratis gracias al patrocinio del Mando. Por otra parte a cada colono, nel mando le dio un año de gastos pagados con la única condición de comprometerse a permanecer en Marte por lo menos ese año. Atraídos por este gratis total muchos terrestres viajaron a Marte en busca de una oportunidad para hacerse millonario. Lo que no sabían era que el Mando poseía todos los derechos de explotación y que todo el mineral extraído le pertenecía. Con estas condiciones Maldita Ciudad creció a gran velocidad. El único problema, bueno si no sólo el único pero uno de los más importantes, fue que carecían de un sistema de seguridad establecido legalmente. En la práctica sí existía un sistema de seguridad para los salones y las salas de juegos, pero lo controlaba la mafia. Ésta controlaba todo: las salas de juegos, el alcohol, las apuestas... Lo único que no controlaba plenamente era a las prostitutas y a los gigolos que ejercían libremente su profesión, aunque algunos y algunas pagaran una determinada cantidad para seguir ejerciendo libremente  su arte. Al Mando, que la depravación moral llegase a Maldita Ciudad no le importaba nada en absoluto, lo que realmente era importante para era que la explotación rindiera cada día más y mejor.


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