jueves, 3 de diciembre de 2020

Marte - Capítulo 5

 En Aréspolis las cosas eran bien distintas.

Capítulo cinco 

La población vivía dedicada a trabajar por mantener el status qué con tanto afán había conseguido. Durante los años de aislamiento se comprometieron a que nadie pasase necesidades, y es que de la necesidad nació la solidaridad. Los vínculos familiares se estrecharon de tal forma que familias enteras vivían en la misma casa, los padres con sus hijos y cónyuges, y los hijos de éstos. Afortunadamente en Marte las casas podían ser tan grandes como a uno le apeteciese. El único límite era no meterse en casa del vecino.

¿Y cómo es eso? Fácil. Las casas estaban escavadas en la roca, por lo tanto podías hacer tantas estancias cómo te lo permitirán tus vecinos y tus fuerzas. Con el correr de los años unas viviendas se iban abandonando al tiempo qué otras se iban van construyendo. Con las primeras se habrían nuevas calles si no eran reclamadas por algún vecino. Normalmente los vecinos tomaban una o dos habitaciones de las inmediatamente anejas a su propia casa y el resto se constituía en Calle o plaza.

Para hacerte una idea de cómo era Aréspolis no basta tener un concepto bidimensional del plano. La ciudad tenía multitud de niveles, oscilando entre los 2 o tres de la parte más exterior a los 30 o 40 de la parte más céntrica de la ciudad. Era un trabajo de ingeniería tan perfecto que en contadísimas ocasiones se producían derrumbamientos. Tan es así que aún hoy no podemos explicarnos como muros de apenas una cuarta de grosor, como los que se pueden ver en el más bajo nivel, pueden aguantar 40 pisos por encima. Además también se ha de tener en cuenta los medios con los que en un principio contaban los marcianos para hacer sus túneles y cavidades.

Quizás pueda parecer que era un lugar claustrofóbico, oscuro y de techos bajos. Todo lo contrario. Sus calles, en su mayoría eran amplias y sus bóvedas se levantaban varios metros por encima de sus cabezas. Todas sus calles estaban perfectamente iluminadas con lámparas solares. Disponían de un complejo sistema de alcantarillado  y luz, que se controlaba periódicamente para evitar posibles fallos de suministro a las zonas más alejadas del centro. La energía eléctrica, la única que se utilizaba, se obtenía de una planta de energía solar establecida a su llegada a Marte por los primeros colonos. Posteriormente fue ampliada y mejorada, de tal forma que los colectores de la ciudad podían suministrar energía durante más de dos años sin necesidad de recargas.

Durante los 25 años que duró la explotación ambas comunidades permanecieron cada uno a su lado del planeta, sin mantener más que ocasionales contactos de buena vecindad. Entretanto, la repoblación del planeta avanzaba a buen ritmo, calculándose que el 80 por ciento del planeta estaría repoblado para el año 2150.

Acabado el plazo de concesión, el mando exigió de los marcianos que cumplieran su parte del trato y contemplasen la posibilidad de una Federación con la Tierra. Amablemente los marcianos dieron largas al Mando, comprometiéndose a mantener contactos con la Tierra de forma permanente y amigable y volver cada 25 años a contemplar la posibilidad de la Federación.

Muchos de los mineros que vinieron de la tierra, bueno, más bien los que quedaron, pues en los últimos años Maldita Ciudad había ido apagándose al mismo ritmo que la mina iba dejando de ser productiva, se marcharon a la tierra. Los pocos que permanecieron, con el permiso de Aréspolis, formaron una comunidad con el propósito de explotar turísticamente Maldita Ciudad. También intentaron rellenar el inmenso y perfectamente circular agujero con la montaña de residuos que se espacia por donde antes había una llanura. Consultaron con los marcianos cuál podría ser la forma más fácil y menos ardua para rellenar el abismo, y tras algunas deliberaciones y unos cuantos intentos, se decidió que lo mejor y más fácil era dejar que la propia naturaleza hiciera su trabajo. Aunque hubo que echar una mano con obras de canalización, pronto el agujero se comenzó a llenar de agua, de forma que al correr de los años se convirtió en un hermoso lago. Por su parte los antiguos mineros terrestres plantaron bosques, poblaron el lago de peces y construyeron centros turísticos de alto nivel para ejecutivos terrestres. A todo esto se añadía el cierto sabor de ciudad salvaje que tenía maldita ciudad y qué innegablemente atraía a todo aquel con un poco de sentido de la aventura. 

Así es como Marte fue poblado por humanos, de cómo lo amoldaron a su forma de ser, y de cómo transformaron un planeta yermo en un hermoso lugar para vivir. 

O, de como el hombre jugó a ser Dios, y por una vez no le salió excesivamente mal.

Marte - Capítulo 4

El convenio era bueno para las dos partes. Ambas obtenían ventajas, sin embargo, para los marcianos el cumplimiento del tratado no suponía ningún sacrificio, puesto que la zona entregada en explotación, efectivamente era rica en minerales, pero hasta ella no había llegado la repoblación y por tanto su explotación no conllevaría un gran impacto medioambiental. Además uno de los principales problemas con los que se enfrentaba Marte era la falta de población, que era indispensable para avanzar en la reforestación. La explotación minera del Mando sí bien directamente no contribuiría en exceso a la reforestación, indirectamente ayudaría trayendo mano de obra y ganaste prosperar en una nueva frontera.

Respecto a la posibilidad de federarse con la Tierra era tan remota que los negociadores no les importó incorporarla, a sabiendas de que pasados los 25 años no sería ni siquiera tomar en consideración.

La Tierra comenzó inmediatamente los preparativos para iniciar la explotación minera. La zona cedida se encontraba en las antípodas de Aréspolis. Este fue el nombre que los marcianos pusieron a su hasta entonces único en clave. Todos vivían allí incluidos los agricultores. Al principio porque el aire respirable sólo podía encontrarse allí, y más tarde por razones de comodidad. Los agricultores rara vez pasaban más de una semana en los campos, al cabo de la cuál eran reemplazados por otra cuadrilla. Estos se alojaban en una especie de barracones prefabricados que en la ciudad fueron desechados por inútiles ya que todos vivían en habitaciones excavadas en la roca.

La Explo, es decir la explotación terrestre, cómo era conocida se instaló en una llanura que parecía no tener fin. Los marcianos pensaron que lo mejor era darles cuanto menos mejor y una forma de hacerlo era no darles montañas. Pero hubo otros marcianos que pensaban que lo más apropiado para sus intereses sería darle una de las zonas más inaccesibles del planeta, pero teniendo en cuenta los medios con los que contaban los terrestres hubiera sido una tontería ponerles dificultades fácilmente salvables. El caso es que la Tierra inicio la explotación abriendo una mina a cielo abierto de 50 km de radio. Inmediatamente los marcianos protestaron, alegando que aquello supondría en su planeta un agujero de tal magnitud que difícilmente podría ser rellenado alguna vez. El Mando no hizo caso de las quejas y gracias a ello hoy podemos disfrutar de uno de los lagos más hermosos de todo el sistema solar.

La vida en la Explo era lo más parecido que se pudiera encontrar a una vieja película del oeste. Los mineros trabajaban por turnos de 6 horas y descansaban tres días por cada cuatro de trabajo. Aunque ahora nos pueda parecer una ocupación ardua y desagradable, las condiciones en las que trabajaban, comparadas con las del siglo 19 eran excelentes.

Las excavadoras estaban totalmente automatizadas, operando conforme a un programa preestablecido. El control de cada una se llevaba desde el centro de operaciones, pero en realidad los mineros sólo tenían que verificar si el programa se desarrollaba conforme a lo previsto. En el Centro de Operaciones trabajaban un total de 15 operarios, aunque en realidad bastaba con que hubiesen dos: un técnico informático y un ingeniero de minas. El Mando pensó que sería conveniente trasladar mucha población para crear en Marte un asentamiento más o menos estable. La ciudad que acogió a toda esta gente y a más que fue llegando, se encontraba justo al borde del perímetro del área adjudicada a la tierra. Era por tanto una ciudad fronteriza en toda la extensión de la palabra. El Mando ni siquiera se molestó en darle un nombre, sencillamente se referían a ella como la ciudad de ahí arriba o más cariñosamente cómo aquella maldita ciudad.

Con la ayuda económica del Mando se trasladó allí a toda la gentuza que se pudo encontrar en la Tierra: asesinos a sueldo y sin él, rateros, hombres y mujeres de vida licenciosa, estafadores de baja estofa y un sinfín de personajillos de mala ralea. Con estos antecedentes solo hubo que esperar a que se abrieran salones de baile por dónde corría el alcohol y las drogas de diseño.

La gentuza acudía a ellos a cualquier hora. nunca cerraban y la bebida era prácticamente gratis gracias al patrocinio del Mando. Por otra parte a cada colono, nel mando le dio un año de gastos pagados con la única condición de comprometerse a permanecer en Marte por lo menos ese año. Atraídos por este gratis total muchos terrestres viajaron a Marte en busca de una oportunidad para hacerse millonario. Lo que no sabían era que el Mando poseía todos los derechos de explotación y que todo el mineral extraído le pertenecía. Con estas condiciones Maldita Ciudad creció a gran velocidad. El único problema, bueno si no sólo el único pero uno de los más importantes, fue que carecían de un sistema de seguridad establecido legalmente. En la práctica sí existía un sistema de seguridad para los salones y las salas de juegos, pero lo controlaba la mafia. Ésta controlaba todo: las salas de juegos, el alcohol, las apuestas... Lo único que no controlaba plenamente era a las prostitutas y a los gigolos que ejercían libremente su profesión, aunque algunos y algunas pagaran una determinada cantidad para seguir ejerciendo libremente  su arte. Al Mando, que la depravación moral llegase a Maldita Ciudad no le importaba nada en absoluto, lo que realmente era importante para era que la explotación rindiera cada día más y mejor.


Marte - Capítulo 5

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